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Llenos
de esa admirable entereza
que jamás los abandona, los habitantes
de Guayaquil inician el siglo XVIII con la esperanza de alejar sus
sufrimientos. Pese a
los incontables avatares, continúan
dando ejemplo de superviviencia,
y viéndolos trabajar tan
entusiasta y afanosamente, tenemos la impresión
de que el cambio de centuria les ha inyectado nuevos bríos.
Ciudad Nueva ha dejado de ser un proyecto y a ojos propios y extraños
se presenta como una hermosa realidad.
Mientras tanto los escombros de Ciudad Vieja se van sustituyendo
por nuevas edificaciones y la comunicación entre ambos sectores es
fluida. La economía
sigue basada la explotación
de recursos
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naturales,
especialmente las maderas que se
exportan a otros puertos del Pacífico
y satisfacen necesidades del Astillero,
que es un elemento fundamental del desarrollo económico, al cual se suman
la agricultura de productos tropicales
(principalmente el cacao) y la ganadería.
El comercio y la actividad portuaria van en ascenso y, atraídos
por las fuentes de trabajo, han llegado muchos inmigrantes del interior,
con lo que el número de pobladores está aumentando notablemente.
El Cabildo ha regulado la ocupación de los terrenos, pero
tal como van las cosas, está
visto que mantener el orden en esta ciudad no será tarea sencilla. |